3. Entramos en los setenta

A.A. se matriculó en la universidad y estudió del 71 al 75. Sacaba unas notas brutales, pero su vida personal era un desastre. El campus era una locura absoluta: parecía una olla a punto de explotar, un hervidero de fiestas, líos y adrenalina. Se tiró de cabeza nada más llegar.
Él mismo cuenta sus movidas (y sus desmadres): desde los 18 años empezó a vivir con una chica (la misma durante años) y pronto tuvieron un hijo. Le flipaban los espectáculos subiditos de tono, el morbo y las escenas de sexo. Siguió probando “experiencias” cada vez más intensas. Se volvió un poco sádico y empezó a engancharse con todo lo oscuro y demoníaco.


Se juntaba con un grupo que se hacía llamar “Los Destructores”. Aunque algunas de sus bromas pesadas no le molaban del todo, se lo pasaba en grande con ellos. Más tarde escribió: “Deberíamos habernos llamado mejor Los Perversores”.
Terminó la carrera bastante bien. Pero unos años después, ya de vuelta en su ciudad, pasó algo que lo cambió todo: su mejor amigo enfermó, se acercó a la fe… y murió de repente.


Aquello fue un mazazo.
“Todo me entristecía —cuenta—. La ciudad me parecía insoportable. No podía quedarme en casa: todo me agobiaba. Cada rincón me recordaba a él. Lo buscaba por todas partes y no estaba. Llegué a odiarlo todo…”
Empezó a repetirse: “Confía, espera en Dios”. Pero Dios le parecía un fantasma lejano e irreal. Solo cuando lloraba encontraba un poco de alivio.
Se puso a pensar en el sentido de la vida. No podía quitarse de la cabeza la imagen de su amigo muerto tan joven. Le flipaba (y le daba rabia) que la gente siguiera viviendo como si la muerte no existiera… y que él mismo siguiera igual. Sabía que Dios podía curar esa herida del alma… pero no quería acercarse.


Seguía viviendo a lo loco, con sus aventuras de siempre, pero por dentro estaba inquieto. Leía todo lo que pillaba. Buscaba algo, aunque aún no sabía qué. Se metió en libros de ocultismo hasta que un amigo científico le dijo: “No pierdas el tiempo con esas tonterías”.
Entonces decidió leer la Biblia para ver si encontraba respuestas. Pero le pareció cutre, inferior a los autores que le molaban. Se reía de los Evangelios.


Poco a poco fue bajando hasta la oscuridad más profunda, agotado y con un hambre loca de verdad. Y todo porque la buscaba no con la cabeza (que es lo que nos hace humanos), sino con los sentidos de la carne.
Y la verdad… estaba dentro de él. Más cerca que lo más íntimo de sí mismo, más alta que lo más alto de sí mismo.

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