

4. Adiós país, hola vacío total
Dejó a su madre hecha un mar de lágrimas y engañada, y se piró del país. Estaba hasta las narices de asambleas, movidas, manifestaciones y jaleo en las clases. Quería un rollo intelectual de verdad, algo serio.
Empezó a buscar la verdad en todas las ideologías que pillaba. Habló con los intelectuales más top del momento. Pasaba de maestro en maestro y de idea en idea, como quien cambia de canal. Ninguno de esos sistemas (ni siquiera el que daba clases en la uni) le llenaba el corazón. Leía sin parar, buscaba, buscaba y buscaba.
Triunfó a lo bestia. Daba clases, conferencias, se convirtió en el crack del momento. Todo el mundo lo llamaba. Dio mítines y reconocía sin vergüenza: “Mentía lo que hiciera falta”. Hacía cualquier cosa con tal de conseguir contactos y sacar adelante sus proyectos culturales. Estaba en la cima de su carrera: proyectos brutales, planes para el futuro… la cabeza le echaba humo de tanto pensar en grande.
Un día, paseando con sus colegas por la calle, medio perdido en sus éxitos, vio a un mendigo tirado en la acera… ¡sonriendo feliz!
«Mirad —les soltó—, yo me mato a trabajar para conseguir mis objetivos y, cuando los logro… ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir luchando contra todo y contra todos para mantenerme arriba. Mientras tanto, ese tío vive tan pancho sin hacer nada… Bueno, no sé si está contento de verdad, pero desde luego el que NO soy feliz soy yo. No es que me mole su vida… ¡es que MI vida es la que no me mola! Tengo estatus, pasta, cultura… ¿y qué?»
Sus amigos le cortaron:
«—No compares, tío. Ese se ríe porque estará pedo. Tú tienes todos los motivos para estar feliz: ¡estás triunfando!»
Sí, estaba triunfando… pero esos éxitos en la cátedra y en los escenarios, en vez de alegrarle, le deprimían más.
«Al menos el mendigo consiguió el vino pidiendo limosna con honestidad… y yo alcancé mi posición traicionándome a mí mismo. Si él estaba borracho, su pedo se le pasaba esa misma noche. Yo, en cambio, duermo con mi borrachera, me despierto con ella y vuelvo a acostarme con ella día tras día…»
En uno de sus viajes conoció a un obispo católico superprestigioso e intelectual. Al principio iba a escucharlo con mil reticencias, pero poco a poco, sin darse ni cuenta, se fue acercando a la fe y a la Iglesia. El obispo explicaba la Biblia de una forma que ya no le sonaba ridícula como en sus clases… y las cosas que predicaba empezaron a parecerle defendibles.
«Pero tampoco pensaba que tuviera que hacerme católico. La doctrina católica no me parecía vencida… pero tampoco vencedora».
Estudiaba y comparaba todo, en duda constante: «Caminaba a oscuras, tropezando, buscando la verdad fuera de mí, como si me tirara por un acantilado al fondo del mar. Estaba desesperado y ya no confiaba en encontrarla».
De Jesús solo pensaba: «Un tío superlisto, difícil de superar… pero nada más». Ni se imaginaba el misterio de “el Verbo se hizo carne”.
No rezaba. Su cabeza estaba demasiado ocupada discutiendo e investigando.
Sus padres se habían mudado a vivir con él y no paraban de insistir: «Cásate ya».
Por dentro, A.A. estaba hecho polvo. Él mismo lo cuenta así:
«Me iba volviendo cada vez más miserable… pero Dios, sin que yo lo supiera, se acercaba más y más a mí. Quería sacarme de todo el barro en el que me había metido y lavarme… pero yo no me enteraba».
En su vida seguía haciendo lo que le daba la gana. Quería salir de esa mierda, pero se sentía incapaz. «Si te dejas llevar por esas pasiones, primero se convierten en costumbre… y luego en esclavitud». Y él lo sabía: era un esclavo.
Y justo ahí empezó a sentir, cada vez más fuerte, un deseo brutal de Dios. Se debatía por dentro con todas sus fuerzas buscando la verdad… pero no se veía capaz de cortar con sus costumbres y con esa pasión. Peor aún: le gustaba sentir ese peso.
Estaba convencido de que vivir junto a Dios le haría mil veces más feliz que todos los polvos del mundo… pero cada vez que lo pensaba se decía:
—«Ahora voy… Enseguida… Espera un poquito más…»
Y ese “ahora” nunca llegaba. Y el “poquito más” se hacía eterno.
