5. El momento que cambió TODO

Agosto del 86. Seguía con su rutina de clases y curro en la cátedra. Cada día su deseo de Dios era más fuerte… pero por dentro seguía partido en dos: quería la verdad… y al mismo tiempo no la quería. Le pesaba demasiado su vida de antes. Sabía que aceptar la verdad significaba cortar con un montón de costumbres… y todavía no estaba dispuesto. O al menos eso se decía.


«Cuando dudaba en decidirme a servir a Dios —cuenta—, era yo el que quería… y yo el que no quería. Solo yo. Como no quería del todo ni decía que no del todo, luchaba contra mí mismo y me destrozaba».
En esa guerra interna se repetía: «¡Venga, ahora! ¡Ahora mismo!». Pero justo cuando estaba a punto de dar el paso… se frenaba en seco. Los viejos placeres le tiraban de la manga y le susurraban bajito:
«—¿Cómo? ¿Nos dejas? ¿Ya no vamos a estar más contigo… nunca? ¿Nunca? ¿Desde ahora ya no podrás hacer ESO… ni AQUELLO?»
¡Y qué cosas tan fuertes le recordaban ese “eso” y ese “aquello”!
Los placeres seguían machacando:
«—¿De verdad crees que vas a poder vivir sin nosotros? ¿TÚ precisamente?»
Miró a su alrededor. Muchos lo habían conseguido. «¿Por qué no voy a poder yo —se preguntó— si este, si aquel, si aquella ya lo hicieron?»
Entonces lo entendió: ellos lo habían logrado gracias a la fuerza de Dios. Él solo no podía ni mantenerse en pie. Tenía que apoyarse en Él. Pero la voz seguía ahí, insistente:
«—¿Vas a poder vivir sin nosotros…? ¿TÚ?»
Un día, hablando con un amigo, explotó:
«—¿No te das cuenta de la vida que llevamos y la que llevan los cristianos? ¡Seguimos aquí, revolcándonos en la carne y en todos los espectáculos! ¿Es que no vamos a ser capaces de vivir como ellos solo por vergüenza de reconocer que nos hemos equivocado? ¿Solo por no dar el brazo a torcer?»


Su amigo (que también estaba en proceso de conversión) se quedó flipando. A.A. ya estaba decidido: iba a resolverlo de una vez por todas.
Salieron al jardín. Estuvieron charlando y recordando toda su vida loca. A.A. tenía un Nuevo Testamento en las manos. Lo dejó a un lado… y de repente se puso a llorar. Rezó por primera vez en mucho tiempo:
«—¿Cuándo voy a decidirme de una vez? Señor, no te acuerdes de mis maldades. Dime, ¿hasta cuándo voy a seguir así? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta mañana y mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no AHORA MISMO y acabo con toda esta miseria?»


Justo en ese momento oyó a un niño gritando desde la casa de al lado:
«¡Toma y lee! ¡Toma y lee!»
¡Toma y lee! A.A. sintió que Dios le estaba hablando a través de ese chaval. Corrió al libro, lo abrió al azar y leyó en silencio:
«No andéis más en comilonas y borracheras, ni en cosas impúdicas, dejad ya las peleas y contiendas, y revestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no os ocupéis de la carne y de sus deseos».
Cerró el libro. Esa era la respuesta. No necesitó leer más.
«Como si una luz brutal me hubiera inundado el corazón, toda la oscuridad de mis dudas desapareció».
Cuando se calmó un poco, se lo contó a su amigo. El amigo quiso ver el texto… y se fijó en la frase siguiente que A.A. ni había leído:
«Recibid al débil en la fe».
Luego entraron a ver a su madre y se lo contaron todo. Ella saltó de alegría, lloró, cantó y bendijo a Dios: ¡por fin le había concedido lo que llevaba años pidiendo entre lágrimas!


Meses después, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo A.A., su hijo y su amigo.
¡Y años más tarde, ya enamorado hasta las trancas de Jesucristo, escribió la frase más bonita de su vida:
«Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva… ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí y yo te buscaba fuera. Me lanzaba como un animal sobre las cosas bonitas que habías creado. Tú estabas a mi lado, pero yo estaba lejísimos de Ti. Esas cosas me tenían esclavizado. Me llamabas, me gritabas y al final venciste mi sordera. Brillaste y me quitaste la ceguera. Aspiré tu perfume, te deseé, te gusté, te comí, te bebí… Me tocaste y me abrasé en tu paz».


Gracias a Dios, su oración y la de su madre fueron escuchadas. Buscando la verdad sin miedo y leyendo los Evangelios, A.A. encontró el gran “password” de su vida: encontró a Cristo… y con Cristo, la paz.
Pudo decirle a Dios, su Padre, con la alegría del hijo que vuelve a casa después de años perdido:


«Nos hiciste, Señor, para Ti…
e inquieto estará nuestro corazón
hasta que descanse en Ti».

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